El 24 de noviembre de 2016, cuando el entonces presidente Juan Manuel Santos y el jefe de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, Firmaron el acuerdo que puso fin a décadas de guerra -ante unos 750 invitados en el Teatro Colón de Bogotá y luego de renegociar cerca de 190 arreglos al texto, entre cambios y aclaraciones solicitadas por quienes votaron no en el referéndum- se abrió un capítulo histórico tras abrirse las pruebas finales de armas en Colombia. y superar las causas que lo originaron.
Sin embargo, nueve años después de su firma –ya seis años después de que se hayan cumplido los 15 años previstos para su implementación– la conclusión es que, si bien los avances son acordes al acuerdo en cada uno de sus seis puntos, se necesita una respuesta más coordinada que permita llegar al corazón de lo firmado: “Construyendo una paz estable y duradera”. Retrasos e incumplimientos son dos de los motivos que han dado paso, según voces expertas, al fortalecimiento de un nuevo ciclo de violencia en el país.
Rodrigo Londoño y Juan Manuel Santos. Imagen:Sergio Acero. EL TIEMPO
“El acuerdo que hoy cumplirá 9 años no fue un acuerdo para las FARC, sino un acuerdo para Colombia, para sus víctimas, y sigue siendo una hoja de ruta para resolver muchos de los problemas estructurales que enfrenta nuestro país”, afirmó el expresidente Santos. El expresidente (2010-2018) dijo que en los últimos siete años la implementación del acuerdo ha sido deficiente por “desprecio político” y otras razones, y que esa es en gran medida la explicación de lo que está sucediendo hoy: Estados perdiendo integridad territorial y reescalando la violencia en las regiones.
“Existe una necesidad urgente de lograr la arquitectura institucional de alto nivel necesaria para la coordinación integral de cada elemento del acuerdo”. Sin él, la visión y acción encaminada a cumplir lo acordado ocurre de forma fragmentada y lenta. La enorme distribución actual da la impresión de que muchos funcionarios responsables de coordinar un proyecto específico desconocen el texto del acuerdo o no le dan la debida importancia”, dijo por su parte el alto negociador en voz de Rodrigo Londoño, hoy presidente del partido Comunes.
Así es como funciona
EL TIEMPO obtuvo acceso a un informe que analiza, hasta junio de 2025, la ejecución del presupuesto de cada punto del acuerdo de paz desde 2017, cuando comenzó su implementación. Las cifras del acuerdo delineaban un presupuesto de 201 mil millones de pesos fijos para sus 15 años de duración. Hoy, más de la mitad del camino, la Auditoría Nacional advierte que se han invertido 107 mil millones, equivalente al 53% del presupuesto total.
En la distribución del presupuesto partida por partida, la que más músculo ha recibido es la número 1, la de amplias reformas regionales, con 79.300 millones de pesos, que acapara más del 74% de la inversión total en la implementación del acuerdo. Si miramos el presupuesto que se proporcionó según lo acordado, esa cantidad es sólo el 46% del presupuesto.
A este respecto, la agencia reguladora llamó la atención sobre los malos resultados a pesar de la jugosa inversión. Según el último informe trimestral Comisión de Verificación de las Naciones Unidas (ONU), Se han entregado 275.577 hectáreas de los 3 millones de hectáreas propuestas, algunas han sido transferidas temporalmente o aún están pendientes de registro.
Firma de acuerdo de paz entre guerrilleros de las FARC. Imagen:Carlos Ortega / EL TIEMPO Archivo
La atención a las víctimas del conflicto supera en un 126% la meta estimada del presupuesto, con 8 mil 920 millones de pesos. Aunque se han logrado avances en materia de reparaciones, según la Unidad para las Víctimas, todavía queda un largo camino por recorrer para compensar al casi 20% de la población que sufrió pérdidas como consecuencia de la guerra. Según la Defensoría del Pueblo, las reparaciones colectivas, según el ritmo de avance, tardarían 26 años, frente a los 15 previstos.
La dependencia también indicó que persisten conflictos laborales permanentes en el 40% de las zonas rurales, estrechamente vinculados a la violencia armada y retrasos en los programas de desarrollo regional (Pdet). Esta cifra, estipulada en el acuerdo de La Habana hasta 2027, recibió esta semana un nuevo respaldo del Congreso, luego de que el Senado aprobara en el último debate el proyecto que extiende por otros diez años su aplicación en municipios prioritarios.
Además de extender la vigencia del Pdet -ahora finalizan el 28 de mayo de 2037-, también se está considerando la ampliación del programa a otras áreas que no fueron tomadas en cuenta en 2017. Actualmente existen 16 subregiones del Pdet, donde 170 municipios han sido afectados por la violencia. Por lo tanto, el objetivo es extender este tipo de construcciones a zonas que no estaban cubiertas en la propuesta original o que en los últimos años han reportado afectaciones por conflictos en curso.
Líderes de ligas regionales como Guaviare advierten que si bien apoyan el contenido del acuerdo de paz, muchas de las promesas han quedado en el papel en sus regiones, y los disidentes, integrados por notables desertores del acuerdo, siguen teniendo presencia y control. Los dirigentes también piden poner lupa en la implementación de los proyectos del Pdet. Afirman que en la práctica estos proyectos terminan financiando más a los grupos armados, ya que estas estructuras recaudarían impuestos ilegales. “Hay que darle el 10% a los grupos. Está produciendo más dinero que la misma coca. Y no viene un proyecto solo: viene un proyecto de 34.000, 56.000, 64.000 millones”. dijo un líder que pidió que su nombre no se revelara por razones de seguridad.
Imagen:EMPLEADOS ELÉCTRICOS
Gerson Arias, investigador de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), plantea tres problemas importantes con la implementación del acuerdo de paz. “Primero, un shock institucional: se pasó de un ministerio de posconflicto a un departamento ejecutivo dentro del Ministerio de Paz, con muy poco peso político y técnico. Segundo, un “divorcio” entre el acuerdo y la “paz absoluta”: las actuales mesas de negociación han tenido más centralidad que el impulso necesario para implementar el acuerdo con las FARC. Y tercero, este gobierno le da importancia a la falta del acuerdo, a la deliberación. Una de ellas son las imaginaciones inexactas, falsas, que dicen que el acuerdo fue el causa del éxodo de los grupos mientras nosotros decimos que no se cumplió”, explicó.
La JEP y el futuro de los Comunes
Este año, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) aplicó sus dos primeras sanciones: el 16 de septiembre contra siete exmiembros de la última oficina de las FARC y el 18 de septiembre contra 12 militares por “falsos resultados positivos” en el Caribe. En ambas sentencias, los condenados a ocho años de restitución y restricción de su libertad recibieron la pena máxima estipulada en el acuerdo final. En su último informe, la misión de la ONU – que ya no acompañará el trabajo de la JEP – afirmó que la implementación de las primeras sanciones enfrenta una doble amenaza: primero, la inseguridad hacia quienes se presentan y las víctimas; y segundo, la falta de recursos para llevar a cabo los proyectos de reconstrucción que requiere la justicia transicional. La ejecución cuesta 35.000 millones de pesos por el juicio de las ex Farc y 86.000 millones por el costo del ejército retirado.
Juez Alejandro Ramelli, Presidente de la JEP. Imagen:Sí
A partir del próximo año, los miembros de Comunes, el partido creado tras la firma del acuerdo, tendrán que competir por la representación en el Parlamento, donde perderán los 10 escaños automáticos que tenían garantizados para los períodos 2018-2022 y 2022-2026. La permanencia de un partido como Comunes depende de alcanzar el 3 por ciento de los votos para mantener su personería jurídica, objetivo que parece difícil de alcanzar.
Mientras tanto, los representantes siguen pidiendo garantías de seguridad para los exmilitares, de los cuales más de 460 han sido asesinados desde 2016, según cifras de la Defensoría del Pueblo y de la ONU. La Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) informó que 11.130 firmantes permanecen activos en el proceso de transición a la vida civil, lo que representa casi el 84% del total de exmiembros de las ex FARC que depusieron las armas.
Humberto de la Calle, quien fue el principal negociador en La Habana, pidió que el acuerdo de paz no se utilizara como un castigo por la política electoral, sino que se asumiera como una verdadera política de Estado. “El acuerdo de paz nos da la posibilidad de tener una hoja de ruta a medio y largo plazo”, afirmó el exsenador.
JUAN PABLO PENAGOS – Editorial política
SARA VALENTINA QUEVEDO DELGADO – EDITORA EDITORA

